Fauna de la Antártida: sobreviviendo



La fauna de la Antártida, sobrevive con problemas en un ecosistema frágil y aislado

Fecha de Publicación
: 05/04/2017
Fuente: El Día (Argentina)
País/Región: Antártida


Las primeras expediciones antárticas llevaban perros o ponys para el tiro de trineos, gatos de compañía, y ovejas o conejos para la despensa: son famosas las fotos de Hurley con los cachorros nacidos a bordo del rompehielos “Endurance” del explorador irlandés Ernest Shackleton.
El Tratado Antártico prohibió introducir cualquier especie y los últimos perros fueron evacuados en marzo de 1994.
Más lejos aún quedan los tiempos de tal abundancia que, en 1820, en apenas tres meses, los cazadores mataron 250.000 focas; o 46.000 ballenas en la campaña de 1937, con un centenar de barcos faenando en la zona, datos que hoy causan estupor.
Desde la Isla Decepción, los vigilantes observaban las ballenas en grandes manadas: hoy, ver una sola minke o una jorobada, de vez en cuando, es motivo de alegría.
La Antártida es, o debiera ser, un santuario de flora y fauna autóctona, especies que tienen en esta latitud su ciclo natural, incluidas las migraciones naturales, aunque la presencia humana sigue siendo la principal amenaza.
La prohibición del Tratado Antártico se cumple en la fauna visible: ni perros ni caballos; pero hay un mundo animal invisible al ojo, microscópico, que pasa desapercibido.
Los investigadores han detectado más de doscientas especies ajenas, potenciales invasores, en la región subantártica, antesala del Continente Blanco y puerta de entrada de todas las calamidades.
“Aliens” que han llegado en el casco de un barco, en las botas de un visitante, en el velcro de una prenda. Casi siempre de origen antrópico, traído por alguno de los 5.000 investigadores o de los 50.000 turistas que van cada año.
Toda la Antártida es un ecosistema muy frágil y delicado, fácilmente alterable. La fauna endémica está aislada por la corriente circumpolar, que forma la Convergencia Antártica, principal causa del enfriamiento de esta zona, que hace millones de años tuvo clima templado, con árboles y fauna de otras latitudes, cuya huella se encuentra en miles de fósiles.
El aislamiento del continente, desde la rotura del actual Paso Drake, creando un cinturón submarino con profundidades superiores a 5.000 metros, obligó a las especies autóctonas a adaptarse a una vida en condiciones extremas generando, por ejemplo, proteínas anticongelantes.
Las ballenas, focas, pingüinos y aves marinas actuales son el resultado admirable de una larga evolución, creando capas de grasa o plumaje que les permiten resistir, y reproducirse, en las temperaturas más bajas.
Esta misma evolución se ha dado en los seres microscópicos. Se diría que la fauna microscópica es más humilde, pero está en la base de la cadena biológica y su capacidad de adaptación, su eficiencia evolutiva, raya en lo milagroso.
Si podemos admirar en todo el planeta la vida de las abejas o la migración de las mariposas, más admirable aún resulta la vida de los colémbolos y los tardígrados, dos especies antárticas que están siendo estudiadas por científicos como los ecobiólogos españoles Miguel Ángel Olalla y Javier Benayas, y la bióloga colombiana Rosa Acevedo.
“Los colémbolos —explica Benayas— son un tipo de artrópodos, cabeza y cuerpo articulado, considerado el grupo más numeroso sobre la tierra (hasta 60.000 individuos pueden estar en un metro cuadrado”.
Estas “pulgas saltarinas”, sólo visibles al microscopio, viven en zonas húmedas: musgos y algas, y pasear en Isla Decepción por la orilla de la playa, con marea baja, es “caminar sobre alfombras de colémbolos”, dice el profesor Benayas.
Hay quince especies identificadas en la Antártida de las que seis son invasoras que “producen una pérdida de biodiversidad; son un peligro para la Antártida”, indica Benayas.
Así funciona la fragilidad del ecosistema antártico, en difícil equilibrio.
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