La Antártida libera DDT

La Antártida libera DDT

Fecha de Publicación: 12/05/2008
Fuente: Publico.es
País/Región: Antártida


El deshielo del continente blanco expulsa contaminantes orgánicos persistentes, almacenados en el hielo durante decenios de años.
Hasta su prohibición en la mayor parte de los países en la década de 1980, el ser humano vertió al planeta cientos de miles de toneladas de diclorodifeniltricloroetano, el trágicamente famoso insecticida conocido por sus siglas, DDT. Han pasado casi 30 años desde su retirada, pero este químico, posiblemente carcinogénico para el hombre, sigue en el medio ambiente.
Un estudio dirigido por la bióloga Heidi Geisz, del Instituto de Ciencia Marina de Virginia (EEUU), muestra que los pingüinos de Adelia -habitantes de la Antártida caracterizados por el anillo blanco que rodea su ojo- presentan en su organismo los mismos niveles de DDT que hace 30 años.
Para los investigadores, existe una fuente de la que sigue manando insecticida. Según el trabajo, publicado en la revista Environmental Science & Technology, el deshielo del continente antártico libera entre uno y cuatro kilogramos cada año al ecosistema. Parece una cantidad espreciable, pero la diminuta longitud de la cadena alimentaria en la Antártida multiplica su efecto. Los glaciares se han convertido en expendedores directos de DDT para las aves.
El cambio climático, además, podría acelerar la fuga de este insecticida. Según David Vaughan, del British Antarctic Survey, el calentamiento global ha aumentado el deshielo de la Antártida un 10% en la última década. 'La liberación del DDT almacenado es irreversible', opina.
Los niveles del químico detectados en los pingüinos son demasiado bajos para tener efectos nocivos, pero la exposición continua a un cóctel de contaminantes orgánicos persistentes sí puede resultar problemática para la salud de las aves, a juicio de Geisz.El siguiente paso de los científicos es investigar si otros contaminantes están escapando de la cárcel de hielo en la que han estado encerrados durante decenios. La solución, para Geisz, no es sencilla: 'No podemos saber dónde están escondidos estos elementos'.

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